Por qué discrepo de Barbón sobre Mélenchon y Le Pen

Este domingo el presidente Adrián Barbón publicaba el siguiente tuit, causando un gran revuelo en redes. Yo también iba a responder a su mensaje, pero al final la reflexión me quedó demasiado larga y se convirtió en este texto.

Intentaré argumentar respetuosamente por qué discrepo totalmente de la tesis que expone el presidente Barbón.

En primer lugar, como ya han señalado otros usuarios de la misma red social, creo que ubicar a Mélenchon en la extrema izquierda es un error. Mélenchon reconoce como su gran referente ideológico a Jean Jaurès y se reivindica heredero de la tradición del socialismo democrático francés. Tuvo una breve militancia trotskista en su juventud, pero desde 1976 desarrolló durante más de tres décadas su carrera política en el Partido Socialista, del que fue senador y ministro. Cuando abandona el PS no lo hace porque haya cambiado él ideológicamente, sino más bien por lo contrario: porque cada vez veía más difícil conservar una posición socialista dentro de un partido que, como le estaba pasando a buena parte de la socialdemocracia europea, giraba peligrosamente hacia el neoliberalismo. Y no se equivocó. Recordemos que ese es el PS que parió a Macron y a Valls.

Y es precisamente en cómo se produjo la ruptura de Mélenchon con el PS donde está, a mi juicio, el quid de la cuestión y la razón por la que creo que se equivoca el presidente Barbón: porque la estrategia que propone ya se aplicó y fracasó. Blair, Schröder, Rocard y otros dirigentes socialdemócratas se hicieron con el liderazgo de sus respectivos espacios defendiendo, con distintos matices, una idea parecida: si lo importante era ganar a la derecha, la izquierda debía presentar una propuesta capaz de disputarle no solo el voto de centro, sino incluso el del elector moderadamente conservador. La estrategia parecía ganadora: quitaría votos a la derecha y, de paso, obligaría a esta a moderarse para evitar la sangría. Un win-win, como se dice ahora.

Pero no ocurrió así. Al situarse la socialdemocracia en el centro-derecha, la centralidad del tablero se desplazó hacia la derecha, la derecha se radicalizó (y de ahí, en parte, el auge de la extrema derecha) y las ideas de izquierda fueron pasando a considerarse marginales. Hoy Izquierda Unida difícilmente se atrevería a presentarse a unas elecciones con un programa tan rojo como los que en su día defendieron Olof Palme o Clement Attlee. Y la socialdemocracia europea, que pretendía ampliar enormemente su base con esa estrategia, vio cómo esta se reducía hasta su actual y triste situación: en Alemania, el SPD es ya la tercera fuerza, ronda apenas el 12 % en las encuestas y, con Verdes y Die Linke muy cerca, podría terminar siendo cuarta o incluso quinta; el Labour Party, que había ganado todas y cada una de las elecciones celebradas en Gales desde la creación del Senedd, ha quedado tercero; el PS francés es ya una fuerza minoritaria… Si el PSOE se ha salvado en España es precisamente por el giro a la izquierda iniciado en el congreso de 2017.

Y esa es, a mi juicio, la batalla importante: volver a desplazar el tablero hacia la izquierda. Eso puede intentarlo Mélenchon. Glucksmann, situado claramente más a la derecha, ni puede ni quiere hacerlo.

Entiendo que se podría plantear sacrificar la estrategia a largo plazo a cambio del triunfo electoral inmediato (un enorme error desde mi punto de vista), pero aquí ni siquiera está claro que ese sacrificio sirviese para algo. No hay ningún candidato de la izquierda al que las encuestas sitúen por delante de Le Pen en una segunda vuelta. Es verdad que las encuestas actuales muestran a Mélenchon perdiendo por mucho más margen frente a Le Pen que otros candidatos. Eso constituye un problema real para su candidatura y sería absurdo negarlo. Pero ninguna de esas encuestas muestra que exista una alternativa ganadora que resuelva el problema: en el escenario entre Le Pen y Glucksmann, Le Pen también vencería con holgura. Así de desplazada hacia la derecha está la ventana de Overton. Y por eso es tan importante empujarla otra vez hacia la izquierda.

Por otro lado, no parece que la estrategia de presentar desde la izquierda candidatos centristas o de centro-derecha esté funcionando. Para empezar, porque ya no vivimos en los años 90, cuando una parte importante del electorado permanecía fijada a su bloque ideológico (izquierda o derecha) casi independientemente del candidato, mientras un amplio bloque de votantes desempataba premiando la «moderación» (sic). Hoy existe, en cambio, un importante bloque outsider que premia precisamente aquello que percibe como un cambio contundente. Es normal: en los años 90 había una gran parte de la ciudadanía que pensaba que, en términos generales, las cosas estaban bien, y cuyo voto era conservador en el sentido literal del término: no quería grandes cambios respecto a lo que tenía. Hoy hay un amplio sector de la población que percibe que la situación está mal y que lo que quiere es, precisamente, cambiarla. Y ese es un punto fuerte de Mélenchon frente a otros candidatos de la izquierda.

Ahora bien, hay una parte de la crítica a Mélenchon que podría compartir, pero no la veo productiva por falta de alternativa. Mélenchon no es de extrema izquierda, pero sí está aquejado de un mal endémico en buena parte de la izquierda actual: una progresiva desconexión respecto de amplios sectores de la clase trabajadora, más preocupados por sus condiciones materiales de vida que por el lenguaje políticamente correcto. Este es posiblemente el punto más débil de Mélenchon contra Le Pen.

Un candidato mejor, a mi juicio, sería François Ruffin. Pero no parece estar, al menos por ahora, en las principales quinielas. Para eso se necesita una organización potente detrás. Mélenchon tiene a La Francia Insumisa, Glucksmann al PS y los Verdes, pero Ruffin no tiene detrás una estructura comparable.

A mí lo que me parece realmente preocupante es que la izquierda haya sido incapaz de mantener el Nuevo Frente Popular y se presente fragmentada a unas elecciones, posibilitando que en la segunda vuelta haya que elegir entre dos candidatos de derechas. Eso sí que me parece una negligencia gravísima. Aunque me temo que nosotros tampoco estamos para dar demasiadas lecciones. En Asturies la izquierda gobierna por un solo diputado de diferencia y, aun así, en la circunscripción oriental, que aporta cinco diputados y donde el PP tiene prácticamente asegurados dos, se presentarán para competir por los tres restantes el PSOE, la coalición IU-IAS-Sumar, Podemos, Somos Asturies y toda la izquierda extraparlamentaria. En la occidental ocurre algo similar. Y basta con que esa división del voto permita que un solo escaño cambie de bloque para que se acabe la mayoría.

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Primeru de mayu: unidá de clase pa ganar

Nesti contestu de guerres, retrocesos sociales y ofensiva neolliberal contra los derechos conquistaos, el Primeru de Mayu vuelve recordamos una verdá esencial: namás la unidá y la llucha de la clase trabayadora pueden abrir un horizonte d’emancipación. Frente a la división, la resignación y l’escaezu, esta xornada llámanos a recuperar la conciencia de clase, la organización colectiva y la memoria de quienes conquistaron col so esfuerciu los derechos que güei tán en peligru.

Otra vez más, llegamos al Día Internacional de la Clase Trabayadora bien lloñe de la unidá de clase. De fechu, los conflictos bélicos n’Ucraína, Irán, Sudán, Birmania, etc., mantienen a trabayadores de distintos países matándose entre sí pa meyorar los márxenes de ganancia del capital. Amás, el pueblu palestín sigue tando sometíu a un xenocidiu orquestáu pol criminal Netanyahu y consentíu polos Estaos Xuníos cola UE mirando pa otra parte, y ta por ver el destín del pueblu kurdu con Erdogán presionando per un llau y el nuevu gobiernu siriu pel otru. Estes guerres, amás d’otres polémiques orquestaes polos altavoces del réxime, fienden tamién ideolóxicamente a les clases trabayadores de los países non directamente participantes nes guerres. Fálase de tolo que divide, pero non de lo que pueda provocar sentimientu d’unidá de clase, como les condiciones materiales.

Podría dicise, entós, que la primer gran derrota que güei sufrimos como clase nun ye namás salarial, llaboral o material, tamién ye política, moral y simbólica: la perda de conciencia d’un destín común ente trabayadores de distintes tierres. Cuando’l capital consigue que la nuestra mirada se desvíe escontra conflictos presentaos en clave nacional, identitaria o xeopolítica, y non escontra la esplotación compartida que sufrimos, el movimientu obreru retrocede y l’internacionalismu esfarrápase. Precisamente por eso’l Primeru de Mayu caltién la so vixencia: porque nun ye namás una fecha del calendariu, ye una llamada a recomponer esa conciencia de clase, a recuperar la memoria de les lluches comunes y a volver poner nel centru la necesidá d’organización, solidaridá y combate compartíu contra un sistema que vive de la nuestra división.

Precisamente por eso, el Primeru de Mayu nun tien de ser entendíu como un día de fiesta nin de lliturxa, ye un día de llucha y conmemoración. Recordamos una fuelga asocedida’l 1 de mayu de 1886 en defensa de la xornada llaboral de 8 hores. Una fuelga qu’en Chicago siguió los díes 2 y 3, que reprimieron con crueldá matando xente, hasta’l 4 de mayu, cuando les fuercies del orde cometieron la masacre de Haymarket, con un númberu de baxes pergrande, y un xuiciu fraudulentu que condergó a muerte a munchos cabezaleros sindicales (los mártires de Chicago). Asina, el Primeru de Mayu ye una xornada de llucha sindical pola meyora de los derechos de la clase trabayadora, pero tamién de memoria y alcordanza del sangre vertío pol movimientu obreru organizáu en defensa de los derechos de los y les trabayadores, sangre que tiñe de colloráu a la bandera del proletariáu internacional, y que val como filu conductor con aquel primer movimientu emancipatoriu del proletariáu na Comuña de París.

Y ye que los derechos de la clase trabayadora nunca fueron de baldre: nin la xornada de 8 hores, nin el derechu a les vacaciones pagues, nin el derechu a una pensión de xubilación… tampoco los derechos a la enseñanza pública. Magar el funcionariáu tuvo tradicionalmente más derechos llaborales que’l restu de trabayadores, estos nun vinieron daos por nengún regalu d’un benefactor Estáu nin, muncho menos, por una suerte de pactu siniestru pol cual l’Estáu ufierta al funcionariáu una especie de posición de privilexu en cuenta d’actuar como’l so axente, tal que denuncien incansablemente los neolliberales nel so enfotu privatizador.

De fechu, les condiciones llaborales ventaxoses del funcionariáu débense a dos factores: una fuerte sindicalización, y les necesidaes del propiu Estáu, nel marcu d’una economía de mercáu, pues, al competir coles empreses privaes pola meyor mano d’obra, tien d’ufierta-yos les meyores condiciones o, siquier, unes condiciones que faigan apetecedor un puestu de trabayu colo que supón de difícil aprobar una oposición.

Sicasí, tamos agora nuna situación distinta: la progresiva terciarización de la economía amenorga la necesidá de competencia ente l’Estáu y el sector priváu por una plantiya de trabayadores con bona cualificación. Esto amenorga la necesidá del sistema públicu d’ufiertar bones condiciones llaborales a los y les sos trabayadores. Entá más, dada la presión de los organismos de corte neolliberal (la patronal, organismos internacionales como la OCDE, la banca…) pa endelgazar l’estáu del bienestar l’Estáu non solo nun se ve incentiváu a ameyorar les condiciones llaborales, sinón tolo contrario, a empiorales.

Poro, nesti contestu más que nunca ye necesaria la unidá d’acción de los y les trabayadores de la res publica, enmarcada na movilización sindical y la llucha colectiva polos nuestros derechos llaborales. Ye bona prueba d’ello que depués de décades ensin casi movilizaciones nun hubo prácticamente avances nos derechos llaborales de los docentes, pero depués de la fuelga de finales del cursu 24/25 algamáronse la mayor cantidá de meyores llaborales de les últimes décades. Nun ye casualidá: los derechos nun se regalen, conquístense lluchando.

Dende esi convencimientu, afirmamos que’l SUATEA ye un sindicatu de clase y de cai. Porque sí, creemos na negociación y, de fechu, ponémosla en práctica, pero entendemos que la fuercia pa ganar posiciones nes negociaciones surde nes lluches na cai. Por eso entendemos que la función del sindicalismu de clase nun ye namás dir a negociar coles patronales o cola alministración, ye (y de fechu ye’l llabor más importante) organizar a la clase trabayadora pa que lluche na cai.

Dende va años yá nun tamos solos nesta llucha. Siempre fuimos un sindicatu de clase, pero en casi 50 años nun fuimos a construyir un sindicatu multisectorial precisamente pa representar y organizar a tola clase trabayadora. La nueva Intersindical Asturiana, de la que SUATEA ye’l so referente na enseñanza, ye yá una realidá que nos sitúa nun escenariu muncho más ambiciosu pero tamién muncho más potente pa defender a la clase trabayadora.

Y ye que solos nun tenemos futuru. La unidá de la clase trabayadora ye indispensable pa recorrer esti camín, porque vamos bien lloñe. Nun somos un sindicatu de servicios. Nun somos un sindicatu gremial que tien como finalidá única meyorar les caxigalines del día a día. Nós somos una organización de clase, sociopolítica, tresformadora, que tien como finalidá acabar coles inxusticies propies d’esti sistema económicu: acabar cola explotación llaboral, cola contradición ente trabayu y capital, cola desigualdá de clases y, en suma, algamar la emancipación total de los y les trabayadores.

Agora bien, el sindicalismu ye una llucha que, magar pon los sos oxetivos bien lloñe, sofita la so base nel trabayu diariu y camina pasu ente pasu nes propuestes concretes qu’ameyoren la calidá de vida de la clase trabayadora. Nun se trata nin d’asaltar nengún cielu, nin de tomar el Palaciu d’Iviernu. Na mayor parte de la historia del movimientu obreru los trunfos nun s’algamaron asina, sinón, les más de les veces, con socesives conquistes llaborales. La suma de munchos llogros concretos ye la que llevó a les clases trabayadores europees a esfrutar del estáu del bientar y d’unos derechos llaborales qu’adulces vamos perdiendo y que, si siguimos así, vamos perder por completo. Si queremos ver el futuru de lo que mos espera si el neolliberalismu rampante termina por acabar coles conquistes de más d’un sieglu de llucha obrera, podemos mirar a Arxentina: el gobiernu de Milei aprueba la xornada llaboral de 12 hores y el pagu n’especie. Ver el sielgu XXI avanzar ye como ver rebobinar la primer metá del sieglu XX.

Agora la decisión ye de toes y toos: podemos siguir pela sienda aniciada cola fuelgona educativa (que ye la de la movilización y la llucha) y siguir progresando poco a poco na conquista de derechos, o podemos volver a dormir el sueñu de los xustos 20 años.

El sindicalismu de clase asambleariu, alternativu y autofinanciáu ye más necesariu güei que nunca. Si quies avanzar nesta llucha, movilízate, organízate nel to centru, afíliate y llucha.

¡Viva’l Primeru de Mayu!

¡Viva la llucha de la clase obrera!

Puedes ver esti artículu y otros más nel boletín 204 de SUATEA: https://suatea.org/boletin-suatea-204-y-manifestacion-1u-mayu-en-xixon/

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Una política educativa que margina a la clase trabajadora

Hace unas semanas la comunidad educativa del IES Pérez de Ayala (profesores, alumnado y familias) se concentraba en el instituto para pedir una dotación de espacios y personal que lleva siendo necesaria desde hace años. Un centro pensado para 700 alumnos en el que ahora hay casi mil. No es una excepción. Poco antes, una multitud de vecinos de La Corredoria se manifestaban pidiendo un segundo instituto que el exconsejero (y expresidiario) Riopedre ya había prometido para 2015. Siete años después de la supuesta fecha de terminación de la obra, nadie ha puesto ni una sola piedra para su edificación. ¿Qué tienen en común Ventanielles y La Corredoria, además de una estructura educativa pública infrafinanciada? Que son barrios obreros a las afueras de Oviedo.

La educación pública tiene como objetivo que toda la ciudadanía, independientemente de su clase social, tenga acceso a la cultura y el saber recopilado por la humanidad. Unos conocimientos que, por un lado, sirven para formar personas cultas capaces de ejercer la ciudadanía democrática y, por otro, permiten al alumnado adquirir la formación necesaria para que su condición laboral futura no esté condicionada únicamente por su nacimiento, es decir, el famoso “ascensor social” que, como decía Nelson Mandela, permite que la hija de un campesino pueda convertirse en médica. Los hijos de la clase obrera sólo pueden adquirir esos conocimientos en la escuela pública. ¿Dónde si no en la escuela pública van a tener los hijos de la clase trabajadora acceso a la obra de Cervantes, Newton o Mozart? ¿Cómo, si no es con la escuela pública, va a adquirir el hijo de un picador los conocimientos y la titulación necesaria para ser ingeniero de minas? ¿Qué elemento, si no es la escuela pública, va a garantizar que los hijos de los obreros que desempeñan los trabajos más arduos no estén condenados de nacimiento a realizar el mismo trabajo que sus padres, sin tener escapatoria ni posibilidad de progresar? ¿No era eso lo que querían nuestros padres para nosotros? ¿No nos decían, precisamente, que estudiásemos para poder vivir mejor que ellos? Los míos, al menos, sí. Y puedo decir que vivo objetivamente mejor que ellos. No gracias a mis habilidades, ni mi “iniciativa emprendedora”, ni ninguno de esos sofismas modernos que nos quieren vender: gracias a la escuela pública. Sin la escuela pública, ¿de qué sirve ser Albert Einstein si naces en una familia pobre? Donde más falta hace la escuela pública es en los barrios obreros. Donde mejor financiada ha de estar la escuela pública es en los barrios obreros, porque es allí donde tiene que hacer un mayor esfuerzo por compensar las desigualdades sociales. Que las desigualdades sociales no solo no se atenúen, sino que se refuercen por la desigual distribución de los recursos educativos, siempre en perjuicio de los barrios obreros, es atroz, inmoral, antisocial, y un ataque a la filosofía redistributiva de los estados del bienestar. ¿Cómo un gobierno que se define como socialista puede permitir esto?

Un programa mínimamente socialdemócrata parte de la premisa de que, a través de un sistema fiscal progresivo (paga más el que más tiene), se sustentan unos servicios públicos eminentemente orientados hacia los trabajadores, con lo que el combate a la desigualdad de clase se realiza de forma doble: por un lado, se le aseguran a los trabajadores los servicios fundamentales (sanidad, educación, pensiones….) que, de otro modo, no podrían pagar, o de los que solo podrían pagar coberturas mínimas; por otro, se lleva a cabo una redistribución efectiva de la riqueza, al aportar más el que más tiene, pero recibir todos los mismos servicios. La política económica educativa (y no solo educativa: instalaciones deportivas deficientes, parques inexistentes o mal cuidados, centros de salud saturados, etc.) que se está llevando a cabo con los barrios obreros (¿cabría decir mejor «contra» los barrios obreros?) es la antítesis de todo esto: con los impuestos de los trabajadores, se financian todos los centros educativos, pero luego esa financiación no repercute en los centros de sus barrios, se aumenta en 4 millones de euros más el gasto en la escuela privada subvencionada, pero se desatienden las necesidades de los hijos de la clase trabajadora. Si Fernando de los Ríos levantara la cabeza…

Fran Rey,

Profesor de Física y Química en el IES «Cuenca del Nalón»

Publicado en el diario Nortes el 24/06/2022

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Libertad para esclavizar

Sic semper tyrannis fue la expresión latina que gritó John Wilkes Booth al asesinar a Abraham Lincoln. Esta expresión que, según cuenta la leyenda, fue pronunciada durante el asesinato de Julio César, significa «así siempre a los tiranos», y fue empleada por el magnicida Booth como justificación de su crimen: él, que defendía la esclavitud de los negros, asesinó al hombre que la abolió, acusándolo de tirano.

Libertad es lo contrario a esclavitud. No existe la libertad de tener esclavos, porque es una contradicción. Tanto como «vivir la muerte», «circunferencia hexagonal», o «bajar hacia arriba». En el mismo sentido, no existe la libertad de esclavizar, ni la libertad de dejarse esclavizar, pues esclavizar consiste en quitarle la libertad a alguien y dejarse esclavizar significa quitarte la libertad a ti mismo. Ambas cosas son opuestas a la libertad, ya que suponen reducirla, y el propio sentido común dicta que recortar algo lo empequeñece, no lo aumenta. Aplicando la misma lógica, el que prohíbe la esclavitud no es un tirano, es un libertador; mientras que el que pretende instaurar el «derecho a tener esclavos» o «la libertad de convertirse en esclavo» es un tirano, pues está destruyendo la libertad.

Hasta aquí, el lector puede considerar absurdo que, a estas alturas, haya que explicar que los esclavistas no eran los defensores de la libertad, ni los que querían prohibir la esclavitud eran los liberticidas. En efecto, podría parecer una explicación innecesaria, de no ser porque el mismo dilema que llevó a J.W. Booth a erigirse en paladín de la libertad, y a tachar a Lincoln de tirano, se está dando en nuestros días. En este caso, es Isabel Díaz Ayuso la nueva defensora de esa idea de «libertad para quitarles a los demás su libertad».

El eslogan barato (y de segunda mano) con el que empezó Díaz Ayuso su campaña fue «libertad o socialismo», que luego complementó con «libertad o comunismo». Se ve que, para Díaz Ayuso, lo contrario a la libertad es que gobierne cualquier partido que no sea de derechas. Podía perfectamente haber dicho «libertad o pluralismo ideológico» o, lo que es lo mismo «libertad o democracia» que es, precisamente, la extraña disyuntiva que plantea siempre el trumpismo (del que Díaz Ayuso es buena representante) en sus discursos. La «libertad» que persigue Díaz Ayuso es la libertad de los poderosos de esclavizar a los trabajadores. Y a eso, que antes lo llamaban esclavitud, ahora lo llaman «libre mercado».

Por si todo esto fuera poco, el discurso de Ayuso es todavía más surrealista cuando su defensa de la libertad (esa libertad que no contempla la existencia de las opciones de izquierda, que no defiende libertad de los trabajadores de sindicarse, que ataca los derechos fundamentales a la sanidad, la educación y la vivienda, que rechaza la libertad de una mujer a decidir sobre su cuerpo, o un enfermo a decidir sobre su vida), pasa por gobernar en coalición con un partido de extrema derecha, abiertamente defensor del franquismo (que fue una de las dictaduras más atroces que ha sufrido Europa y la más atroz que ha sufrido España, que en los dos últimos siglos tiene mucha historia de golpes militares). Pasa por formar gobierno con quienes ya han anunciado públicamente su intención de ilegalizar a los partidos que no comulgan con sus ideas. En definitiva, el proyecto de libertad de Ayuso pasa por un partido que tiene un pulso ultrareaccionario y antidemocrático que nuestro país no recordaba desde los tiempos de Blas Piñar. Todo eso es la libertad que Ayuso defiende, la misma que J.W. Booth.

No obstante, nada de esto debería ser extraño. Al menos, no si conocemos la trayectoria política de Isabel Díaz Ayuso. Según explicó el falangista Eduardo García Serrano, Isabel Díaz Ayuso era una falangista furibunda, e incluso cuando se pasó al PP, la actual presidenta de Madrid le explicó al mediático falangista que ella seguía pensando igual, aunque ahora estuviera en el PP.

Por tanto, es natural que Díaz Ayuso tenga ideas liberticidas y de extrema derecha, y es esperable verla afirmar que su atroz ataque contra la libertad es, en realidad, en defensa de la misma. Porque ya en el 36, cuando la extrema derecha dio el golpe de estado y, tras fracasar, iniciaron una cruenta guerra civil seguida de una horrible dictadura, dijeron hacerlo para «liberar a España». La pregunta es obligatoria: ¿liberarla de quién? Y la respuesta es tristemente conocida: liberarla de todos los que no pensaban como ellos: la izquierda, los progresistas, los demócratas y, especialmente, de los socialistas. Socialismo o libertad.

Ayuso no inventa nada, solo rescata el mismo lema que ya emplearon una vez contra la democracia. Un lema que, como digo, ha sido también el eje central sobre el que pivota el discurso trumpista. Desde el punto de vista de la democracia y la libertad, es terrible, pero, por otro lado, como estrategia política a largo plazo, no parece muy eficiente. Trump no logró la reelección, Bolsonaro tampoco la logrará, y, Berlusconi, que ya empleó la misma estrategia antes de que el trumpismo irrumpiera (en 2006, Berlusconi planteó que en esas elecciones se elegía entre comunismo o libertad), perdió esas elecciones. La estrategia de Ayuso no es sostenible a largo plazo, porque se basa en la autoexclusión. Al final, los liberales que realmente hagan honor a esa palabra (poco tienen que ver con los ultraderechistas que la manosean en España, como Rivera o de Quinto), los democristianos honrados y comprometidos con la democracia y la derecha no guerracivilista, terminarán haciendo caer a Ayuso, porque se sentirán excluidos de su proyecto.

El problema es que, si esa caída no es en estas elecciones, tendremos a Vox en un gobierno de una comunidad autónoma. Y eso será un paso de gigante para la formación ultraderechista. Si queremos evitarlo, solo hay una opción: votar con fuerza a las izquierdas en Madrid para desalojar a Isabel Díaz Ayuso.

Francisco José Rey García.

Artículo publicado por eldiario.es el 31/03/21

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Yo sí soy machista

Vale, reconozco que el título tiene una intención sensacionalista, que quiero que el morbo os pique y entréis a leer el artículo. Pero no por ello deja de ser una realidad que es necesario explicar. Especialmente a muchos de mis congéneres.

Todos conocemos el “yo no soy machista, PERO”. Es la frase que usan los machistas para ser reconocidos en su hábitat natural. Igual que los fachas (y los podemitas durante una época) con “yo no soy ni de izquierdas ni de derechas, PERO”, o el franquista medio cuando dice “Yo no defiendo a Franco, PERO”. Todos sabemos que detrás de ese “PERO” siempre viene una barbaridad: “Yo no soy machista, PERO, hay que reconocer que las mujeres cocinan mejor que los hombres”, “Yo no soy machista, PERO, si van provocando con esos vestidos, luego pasa lo que pasa”, y un largo etcétera que se resume en “Yo no soy machista, pero sí que lo soy”.

Sin embargo, existe otro, pero a ese “yo no soy machista”, un “PERO” implícito y no pronunciado. En ocasiones un hombre, absolutamente convencido de que no es machista (porque se identifica como feminista, porque cree que existe una situación de desventaja social sistémica hacia la mujer por el mero hecho de ser mujer) dice eso de “yo no soy machista” justo antes de una serie de declaraciones o actos que, sin él ser capaz de verlo, son profundamente machistas. Ese hombre es… yo mismo. Ese hombre podemos ser cualquiera de nosotros. Ese hombre somos todos aquellos que, rechazando profundamente el machismo por convicción ética e ideológica, tenemos comentarios machistas, o cometemos actos machistas, sin haber reparado en que lo son. Pero no os preocupéis. Yo, como un Espartaco del siglo XXI (uy, me estoy viniendo muy arriba), he venido a liberar de su sino al hombre que no quiere ser machista (sí, definitivamente me he venido tan arriba que puedo ver al Estación Espacial Internacional debajo de mi). Y la clave de la liberación está en la antítesis del “Yo no soy machista, PERO”. La fórmula de la liberación reza “Yo SÍ soy machista, PERO”. Porque, querido amigo lector, tengo una mala noticia que darte. Pero una mala noticia que, con que pienses un poco, verás que era inevitable: ¡Claro que eres machista! ¿Cómo no vas a serlo si la propia sociedad te ha ido moldeando así?

Sé que todo lo que he escrito hasta ahora os puede parecer muy extraño y ajeno a vosotros, pero seguid leyendo. Porque además ahora voy a contaos una historia personal.

Hace ya bastantes años, volvía un sábado a las tantas a mi casa. Estaba solo en la calle. Muy lejos, delante de mí, iba una chica, también sola. Yo no sé si aceleré el paso porque tenía prisa, no sé si respiraba fuerte porque, cualquier persona que me conozca, sabe que mi resistencia física es deplorable, o si simplemente caminé demasiado tiempo detrás de ella. El caso es que la chica miró hacia atrás (hacia mi) un par de veces muy seguidas y echó a correr. Corrió como si la llevase el diablo. Corrió como si me hubiese visto con un enorme machete ensangrentado. Ella corrió porque se asustó, y yo me sentí increíblemente ofendido. Ahora mismo, las mujeres que me lean están, con razón, flipando en colores porque sea yo el que me ofendiese. Pero muchos hombres están sintiéndose identificados conmigo en ese momento. ¿Por quién me tomó? ¿Por un violador? ¿A mí? ¿Tengo yo cara de violador? ¡No! ¡Tengo cara de bueno! ¡Soy el chico que todas las madres quieren para sus hijas! En serio, si las hijas opinasen como las madres, yo sería el hombre más deseado de toda la Unión Europea. Bueno, pues ahora que todos los hombres que no quieren ser machistas (y no saben que lo son) han empatizado conmigo (no os hagáis los remolones, sé que lo habéis hecho porque os conozco bien: yo soy vosotros) vamos a contar la otra versión de la historia. Pero hay que avanzar unos años.

Pasa el tiempo, y ya no soy un estudiante de carrera atontado. No, me he convertido en un licenciado atontado con un máster, que está cursando otro. Y así, sentado en los pasillos de mi universidad, hablo con una compañera sobre estas cuestiones: volver sola a casa, hombres que te siguen… Y comienzo a aprender una serie de cosas que seguiré viendo, y analizando. Es el inicio de un largo viaje de varios años en los que aprendí las cosas que hacen diferentes a hombres y mujeres. Cosas como que yo puedo tomar una cerveza en el más repugnante de los antros sin que un tipo maloliente, mucho más fuerte que yo se me acerque a pocos centímetros de mi cara, y con una sonrisa que no solo no seduce, sino asusta, me diga todas las barbaridades que se le antoje, y se siga acercando sin mi permiso mientras paso miedo. Cosas como que yo no he sido sometido a una situación de acoso sexual en toda mi vida, y si fuese mujer la probabilidad de eso sería muy baja. Cosas como que no llevan toda mi vida educándome en el miedo a ser violada (y, sinceramente, si yo tuviera una hija, haría lo mismo, pues tendría un miedo atroz a lo que pudiera pasarle). A mi no va a venir un tipo a violarme y matarme. Pero si fuera una mujer, no podría estar tan segura. Y entonces entiendo por qué aquella pobre chica salió corriendo.

El momento en el que los hombres como yo (los hombres que por lógica, ética e ideología tienen claro que el machismo es un cáncer, pero que, por no tener ni puta idea de nada, pueden ser machistas) nos damos cuenta de todas esas “cosas” comenzamos un proceso de desgarro en nuestra psique y nuestra alma. Porque tenemos que asumir que hay muchas cosas que nunca supimos ni entendimos. Y que, en base a ese desconocimiento, hemos dicho y hecho cosas que eran machistas, y que han hecho enfadar a mujeres, para nuestro total desconcierto. Y eso nos lleva a una contradicción interna porque nos pone frente al espejo, pero lo que vemos está más cerca de lo que ve Dorian Gray frente a su retrato: vemos una podredumbre interior que nos aterra y nos avergüenza. Porque como hombres que condenan el machismo sabemos que es un horrible monstruo. Pero ahí está. El horrible monstruo está en nosotros. Y eso no es fácil de asumir. Y cuando eso pasa hay una fase de negación, que es normal, pero que, si nos quedamos en ella, comenzaremos a justificar todos y cada uno de nuestros actos machistas. Todo tendrá una explicación perfectamente razonable de por qué no es machista. A partir de ahí, comenzaremos a explicarle a las feministas por qué nuestro machismo no es machista. Y terminaremos siendo unos machistas recalcitrantes.

Sin embargo, es precisamente ese momento, que nos puede enviar por completo a las profundidades de la misoginia, donde podemos dar un giro de 180º. Podemos justificar que nuestro machismo no es machista, o podemos asumir nuestro machismo para cambiarlo. Podemos ser un necio que niega su ignorancia, al precio de mantenerse ignorante, o podemos ser un Sócrates, que solo sabe que no sabe nada, pero que en ese reconocimiento de la propia ignorancia comienza su camino hacia la sabiduría. Así que la principal herramienta para ser cada día un poco menos machista es asumir que eres un machista, porque te educaron y te criaron lejos de la realidad que vive esa otra mitad de la población, a pesar de lo cerca que está de ti. Porque el precio de no hablar de determinadas cosas hace que los hombres ni nos enteremos de que existen. Por ello, el arma liberadora del machismo es decir “yo SÍ soy machista, PERO voy a aprender más sobre las vivencias de las mujeres que me rodean”, que “yo SÍ soy machista, PERO, voy a intentar aprender a corregir mis comportamientos machistas. En definitiva: “Yo SÍ soy machista, pero voy a intentar serlo un poco menos cada día”.

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