Este domingo el presidente Adrián Barbón publicaba el siguiente tuit, causando un gran revuelo en redes. Yo también iba a responder a su mensaje, pero al final la reflexión me quedó demasiado larga y se convirtió en este texto.

Intentaré argumentar respetuosamente por qué discrepo totalmente de la tesis que expone el presidente Barbón.
En primer lugar, como ya han señalado otros usuarios de la misma red social, creo que ubicar a Mélenchon en la extrema izquierda es un error. Mélenchon reconoce como su gran referente ideológico a Jean Jaurès y se reivindica heredero de la tradición del socialismo democrático francés. Tuvo una breve militancia trotskista en su juventud, pero desde 1976 desarrolló durante más de tres décadas su carrera política en el Partido Socialista, del que fue senador y ministro. Cuando abandona el PS no lo hace porque haya cambiado él ideológicamente, sino más bien por lo contrario: porque cada vez veía más difícil conservar una posición socialista dentro de un partido que, como le estaba pasando a buena parte de la socialdemocracia europea, giraba peligrosamente hacia el neoliberalismo. Y no se equivocó. Recordemos que ese es el PS que parió a Macron y a Valls.
Y es precisamente en cómo se produjo la ruptura de Mélenchon con el PS donde está, a mi juicio, el quid de la cuestión y la razón por la que creo que se equivoca el presidente Barbón: porque la estrategia que propone ya se aplicó y fracasó. Blair, Schröder, Rocard y otros dirigentes socialdemócratas se hicieron con el liderazgo de sus respectivos espacios defendiendo, con distintos matices, una idea parecida: si lo importante era ganar a la derecha, la izquierda debía presentar una propuesta capaz de disputarle no solo el voto de centro, sino incluso el del elector moderadamente conservador. La estrategia parecía ganadora: quitaría votos a la derecha y, de paso, obligaría a esta a moderarse para evitar la sangría. Un win-win, como se dice ahora.
Pero no ocurrió así. Al situarse la socialdemocracia en el centro-derecha, la centralidad del tablero se desplazó hacia la derecha, la derecha se radicalizó (y de ahí, en parte, el auge de la extrema derecha) y las ideas de izquierda fueron pasando a considerarse marginales. Hoy Izquierda Unida difícilmente se atrevería a presentarse a unas elecciones con un programa tan rojo como los que en su día defendieron Olof Palme o Clement Attlee. Y la socialdemocracia europea, que pretendía ampliar enormemente su base con esa estrategia, vio cómo esta se reducía hasta su actual y triste situación: en Alemania, el SPD es ya la tercera fuerza, ronda apenas el 12 % en las encuestas y, con Verdes y Die Linke muy cerca, podría terminar siendo cuarta o incluso quinta; el Labour Party, que había ganado todas y cada una de las elecciones celebradas en Gales desde la creación del Senedd, ha quedado tercero; el PS francés es ya una fuerza minoritaria… Si el PSOE se ha salvado en España es precisamente por el giro a la izquierda iniciado en el congreso de 2017.
Y esa es, a mi juicio, la batalla importante: volver a desplazar el tablero hacia la izquierda. Eso puede intentarlo Mélenchon. Glucksmann, situado claramente más a la derecha, ni puede ni quiere hacerlo.
Entiendo que se podría plantear sacrificar la estrategia a largo plazo a cambio del triunfo electoral inmediato (un enorme error desde mi punto de vista), pero aquí ni siquiera está claro que ese sacrificio sirviese para algo. No hay ningún candidato de la izquierda al que las encuestas sitúen por delante de Le Pen en una segunda vuelta. Es verdad que las encuestas actuales muestran a Mélenchon perdiendo por mucho más margen frente a Le Pen que otros candidatos. Eso constituye un problema real para su candidatura y sería absurdo negarlo. Pero ninguna de esas encuestas muestra que exista una alternativa ganadora que resuelva el problema: en el escenario entre Le Pen y Glucksmann, Le Pen también vencería con holgura. Así de desplazada hacia la derecha está la ventana de Overton. Y por eso es tan importante empujarla otra vez hacia la izquierda.
Por otro lado, no parece que la estrategia de presentar desde la izquierda candidatos centristas o de centro-derecha esté funcionando. Para empezar, porque ya no vivimos en los años 90, cuando una parte importante del electorado permanecía fijada a su bloque ideológico (izquierda o derecha) casi independientemente del candidato, mientras un amplio bloque de votantes desempataba premiando la «moderación» (sic). Hoy existe, en cambio, un importante bloque outsider que premia precisamente aquello que percibe como un cambio contundente. Es normal: en los años 90 había una gran parte de la ciudadanía que pensaba que, en términos generales, las cosas estaban bien, y cuyo voto era conservador en el sentido literal del término: no quería grandes cambios respecto a lo que tenía. Hoy hay un amplio sector de la población que percibe que la situación está mal y que lo que quiere es, precisamente, cambiarla. Y ese es un punto fuerte de Mélenchon frente a otros candidatos de la izquierda.
Ahora bien, hay una parte de la crítica a Mélenchon que podría compartir, pero no la veo productiva por falta de alternativa. Mélenchon no es de extrema izquierda, pero sí está aquejado de un mal endémico en buena parte de la izquierda actual: una progresiva desconexión respecto de amplios sectores de la clase trabajadora, más preocupados por sus condiciones materiales de vida que por el lenguaje políticamente correcto. Este es posiblemente el punto más débil de Mélenchon contra Le Pen.
Un candidato mejor, a mi juicio, sería François Ruffin. Pero no parece estar, al menos por ahora, en las principales quinielas. Para eso se necesita una organización potente detrás. Mélenchon tiene a La Francia Insumisa, Glucksmann al PS y los Verdes, pero Ruffin no tiene detrás una estructura comparable.
A mí lo que me parece realmente preocupante es que la izquierda haya sido incapaz de mantener el Nuevo Frente Popular y se presente fragmentada a unas elecciones, posibilitando que en la segunda vuelta haya que elegir entre dos candidatos de derechas. Eso sí que me parece una negligencia gravísima. Aunque me temo que nosotros tampoco estamos para dar demasiadas lecciones. En Asturies la izquierda gobierna por un solo diputado de diferencia y, aun así, en la circunscripción oriental, que aporta cinco diputados y donde el PP tiene prácticamente asegurados dos, se presentarán para competir por los tres restantes el PSOE, la coalición IU-IAS-Sumar, Podemos, Somos Asturies y toda la izquierda extraparlamentaria. En la occidental ocurre algo similar. Y basta con que esa división del voto permita que un solo escaño cambie de bloque para que se acabe la mayoría.