Yo sí soy machista

Vale, reconozco que el título tiene una intención sensacionalista, que quiero que el morbo os pique y entréis a leer el artículo. Pero no por ello deja de ser una realidad que es necesario explicar. Especialmente a muchos de mis congéneres.

Todos conocemos el “yo no soy machista, PERO”. Es la frase que usan los machistas para ser reconocidos en su hábitat natural. Igual que los fachas (y los podemitas durante una época) con “yo no soy ni de izquierdas ni de derechas, PERO”, o el franquista medio cuando dice “Yo no defiendo a Franco, PERO”. Todos sabemos que detrás de ese “PERO” siempre viene una barbaridad: “Yo no soy machista, PERO, hay que reconocer que las mujeres cocinan mejor que los hombres”, “Yo no soy machista, PERO, si van provocando con esos vestidos, luego pasa lo que pasa”, y un largo etcétera que se resume en “Yo no soy machista, pero sí que lo soy”.

Sin embargo, existe otro, pero a ese “yo no soy machista”, un “PERO” implícito y no pronunciado. En ocasiones un hombre, absolutamente convencido de que no es machista (porque se identifica como feminista, porque cree que existe una situación de desventaja social sistémica hacia la mujer por el mero hecho de ser mujer) dice eso de “yo no soy machista” justo antes de una serie de declaraciones o actos que, sin él ser capaz de verlo, son profundamente machistas. Ese hombre es… yo mismo. Ese hombre podemos ser cualquiera de nosotros. Ese hombre somos todos aquellos que, rechazando profundamente el machismo por convicción ética e ideológica, tenemos comentarios machistas, o cometemos actos machistas, sin haber reparado en que lo son. Pero no os preocupéis. Yo, como un Espartaco del siglo XXI (uy, me estoy viniendo muy arriba), he venido a liberar de su sino al hombre que no quiere ser machista (sí, definitivamente me he venido tan arriba que puedo ver al Estación Espacial Internacional debajo de mi). Y la clave de la liberación está en la antítesis del “Yo no soy machista, PERO”. La fórmula de la liberación reza “Yo SÍ soy machista, PERO”. Porque, querido amigo lector, tengo una mala noticia que darte. Pero una mala noticia que, con que pienses un poco, verás que era inevitable: ¡Claro que eres machista! ¿Cómo no vas a serlo si la propia sociedad te ha ido moldeando así?

Sé que todo lo que he escrito hasta ahora os puede parecer muy extraño y ajeno a vosotros, pero seguid leyendo. Porque además ahora voy a contaos una historia personal.

Hace ya bastantes años, volvía un sábado a las tantas a mi casa. Estaba solo en la calle. Muy lejos, delante de mí, iba una chica, también sola. Yo no sé si aceleré el paso porque tenía prisa, no sé si respiraba fuerte porque, cualquier persona que me conozca, sabe que mi resistencia física es deplorable, o si simplemente caminé demasiado tiempo detrás de ella. El caso es que la chica miró hacia atrás (hacia mi) un par de veces muy seguidas y echó a correr. Corrió como si la llevase el diablo. Corrió como si me hubiese visto con un enorme machete ensangrentado. Ella corrió porque se asustó, y yo me sentí increíblemente ofendido. Ahora mismo, las mujeres que me lean están, con razón, flipando en colores porque sea yo el que me ofendiese. Pero muchos hombres están sintiéndose identificados conmigo en ese momento. ¿Por quién me tomó? ¿Por un violador? ¿A mí? ¿Tengo yo cara de violador? ¡No! ¡Tengo cara de bueno! ¡Soy el chico que todas las madres quieren para sus hijas! En serio, si las hijas opinasen como las madres, yo sería el hombre más deseado de toda la Unión Europea. Bueno, pues ahora que todos los hombres que no quieren ser machistas (y no saben que lo son) han empatizado conmigo (no os hagáis los remolones, sé que lo habéis hecho porque os conozco bien: yo soy vosotros) vamos a contar la otra versión de la historia. Pero hay que avanzar unos años.

Pasa el tiempo, y ya no soy un estudiante de carrera atontado. No, me he convertido en un licenciado atontado con un máster, que está cursando otro. Y así, sentado en los pasillos de mi universidad, hablo con una compañera sobre estas cuestiones: volver sola a casa, hombres que te siguen… Y comienzo a aprender una serie de cosas que seguiré viendo, y analizando. Es el inicio de un largo viaje de varios años en los que aprendí las cosas que hacen diferentes a hombres y mujeres. Cosas como que yo puedo tomar una cerveza en el más repugnante de los antros sin que un tipo maloliente, mucho más fuerte que yo se me acerque a pocos centímetros de mi cara, y con una sonrisa que no solo no seduce, sino asusta, me diga todas las barbaridades que se le antoje, y se siga acercando sin mi permiso mientras paso miedo. Cosas como que yo no he sido sometido a una situación de acoso sexual en toda mi vida, y si fuese mujer la probabilidad de eso sería muy baja. Cosas como que no llevan toda mi vida educándome en el miedo a ser violada (y, sinceramente, si yo tuviera una hija, haría lo mismo, pues tendría un miedo atroz a lo que pudiera pasarle). A mi no va a venir un tipo a violarme y matarme. Pero si fuera una mujer, no podría estar tan segura. Y entonces entiendo por qué aquella pobre chica salió corriendo.

El momento en el que los hombres como yo (los hombres que por lógica, ética e ideología tienen claro que el machismo es un cáncer, pero que, por no tener ni puta idea de nada, pueden ser machistas) nos damos cuenta de todas esas “cosas” comenzamos un proceso de desgarro en nuestra psique y nuestra alma. Porque tenemos que asumir que hay muchas cosas que nunca supimos ni entendimos. Y que, en base a ese desconocimiento, hemos dicho y hecho cosas que eran machistas, y que han hecho enfadar a mujeres, para nuestro total desconcierto. Y eso nos lleva a una contradicción interna porque nos pone frente al espejo, pero lo que vemos está más cerca de lo que ve Dorian Gray frente a su retrato: vemos una podredumbre interior que nos aterra y nos avergüenza. Porque como hombres que condenan el machismo sabemos que es un horrible monstruo. Pero ahí está. El horrible monstruo está en nosotros. Y eso no es fácil de asumir. Y cuando eso pasa hay una fase de negación, que es normal, pero que, si nos quedamos en ella, comenzaremos a justificar todos y cada uno de nuestros actos machistas. Todo tendrá una explicación perfectamente razonable de por qué no es machista. A partir de ahí, comenzaremos a explicarle a las feministas por qué nuestro machismo no es machista. Y terminaremos siendo unos machistas recalcitrantes.

Sin embargo, es precisamente ese momento, que nos puede enviar por completo a las profundidades de la misoginia, donde podemos dar un giro de 180º. Podemos justificar que nuestro machismo no es machista, o podemos asumir nuestro machismo para cambiarlo. Podemos ser un necio que niega su ignorancia, al precio de mantenerse ignorante, o podemos ser un Sócrates, que solo sabe que no sabe nada, pero que en ese reconocimiento de la propia ignorancia comienza su camino hacia la sabiduría. Así que la principal herramienta para ser cada día un poco menos machista es asumir que eres un machista, porque te educaron y te criaron lejos de la realidad que vive esa otra mitad de la población, a pesar de lo cerca que está de ti. Porque el precio de no hablar de determinadas cosas hace que los hombres ni nos enteremos de que existen. Por ello, el arma liberadora del machismo es decir “yo SÍ soy machista, PERO voy a aprender más sobre las vivencias de las mujeres que me rodean”, que “yo SÍ soy machista, PERO, voy a intentar aprender a corregir mis comportamientos machistas. En definitiva: “Yo SÍ soy machista, pero voy a intentar serlo un poco menos cada día”.

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Una respuesta a Yo sí soy machista

  1. Lauri dijo:

    Muy bueno y totalmente de acuerdo. Me ha gustado mucho el cambiar la frase por » soy machista PERO… » Porque es lo que tú dices, claro que lo somos! Es lo que nuestra cultura nos ha inculcado y nosotros seguimos reproduciendo, sobre todo, con algunos comentarios que a primera vista decimos sin darnos cuenta de lo que realmente significan.

    Respecto al ejemplo que diste sobre tu experiencia, hay una iniciativa del instituto aragonés para concienciar sobre esto usando la realidad virtual.

    «La experiencia central es la que se vive con las gafas de realidad virtual y una serie de vídeos grabados en 360º. Esto permite situar al participante en la piel de una mujer que sufre acoso o siente miedo en situaciones cotidianas, como por ejemplo, cuando va a recoger su coche a un aparcamiento subterráneo que está oscuro, o cuando piensa que alguien la está siguiendo hasta su portal de vuelta a casa o cuando se ve rodeada por una pandilla de jóvenes mientras pasea por la Expo.» https://www.aragondigital.es/2020/10/17/realidad-virtual-para-concienciar-a-los-jovenes-sobre-la-violencia-de-genero/
    Creo recordar que también podías escuchar los latidos del corazón y el ritmo de la respiración denla mujer para ponerte en su piel.

    Y nada, decirte otra vez que de verdad me ha gustado tu publicación.
    Un saludo!

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